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«¿Una casa de madera?, ¡ni en sueños!, ¡se me quemará!, ¡me la comerán las termitas!, ¡en diez años estará podrida!». Estas respuestas son todavía el estándar en nuestro país con respecto a las casas de madera. En parte, por la idea preconcebida de que una casa hecha con madera es una «casita» de tablas donde importa mucho que sea barata sin tener en cuenta otros aspectos y, por otra parte, por la herencia constructiva y formativa que arrastramos de años atrás.

Hoy ambos conceptos empiezan a cambiar. Puede que lo «bio», lo «co», lo «sostenible» y todos estos términos que cotizan al alza ayuden a que se empiece a ver la madera con menos miedo y, siendo optimistas como somos, creemos que en pocos años, las casas construidas con una estructura de madera, como es el panel contralaminado ya implantadas en muchos países europeos, sean una realidad en España.

¿Qué problema puede tener una casa con este tipo de estructura en su interior cuando la fachada exterior será un mortero, pintado, etc… y las paredes interiores estarán normalmente trasdosadas?. La respuesta es sencilla: ninguno. Al contrario, las ventajas serán muchas: confort, ahorro energético, respeto al medio ambiente, aislamiento, transpirabilidad… en resumen, calidad de vida.

Existen datos estimados que dicen que una casa de madera de pino o de abeto, con una instalación apropiada, llegará a durar entre 100 y 150 años y que esta duración será superior si se trata de una casa revestida. Y ahora pensemos en el hormigón, cuya vida útil es de 70 años, tras los cuales empezará a cristalizar y, en consecuencia, deshacerse.

Cuando se produjeron los terremotos de L’Aquila, en Italia, el Gobierno, una vez llegó el momento de rehacer lo caído, encargó viviendas de hormigón, pero también de madera. A los edificios proyectados en madera, en fase de construcción, se les exigía superar una serie de pruebas relacionadas con capacidades resistentes, aislantes, mecánicas, mucho más severas que a los edificios hechos con ladrillo y hormigón. Pensemos que estamos hablando de edificios de viviendas de varias plantas y no de casas unifamiliares. Pues bien, no sólo superaron todas las pruebas holgadamente sino que la realidad fue que se construyeron en muchísimo menos tiempo que el resto de edificaciones, con lo fundamental que esto era en aquel momento, que tienen un funcionamiento contra movimientos sísmicos inmejorable, también básico en esa zona y que, además, el precio fue inferior que los de construcción tradicional.

Tradicionalmente, el fuego ha sido otro factor que más desconfianza ha provocado a la hora de apostar por la madera en construcción. Lo cierto es que la madera es un material combustible, pero no es menos cierto que es muy mal conductor del calor. Y también es verdad que si una edificación de madera estructural visible arde, el edificio no se cae porque la madera no se «derrite» como pasa con el hierro o el acero (todos nos acordamos del espectacular y trágico desplome de las Torres Gemelas de Nueva York). Al arder, la propia capa de carbón que se crear protege la madera del interior de la viga evitando que la edificación se venga abajo. Las casas de paneles constralaminados se protegen contra el fuego mediante las capas que forman todo el espesor del tabique, capas que, en muchos casos, son ignífugas, como el cartón yeso, y que tienen una resistencia al fuego clasificada en laboratorio.

Reflexionando, las razones son claras y el futuro pasa por apostar por la madera, no sólo en decoración, pavimentos, panelados… sino también en construcción. Al final, como suele pasar en la vida, nos dará la razón el tiempo (¡que esperemos que sea poco!).

Santiago Besteiro

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